Suceso en rojo. Relato de Patricia Collazo Suceso en rojo. Relato de Patricia Collazo

Suceso en rojo

Era la primera vez que se emborrachaba. Nunca le había gustado beber. Por eso, no lo había hecho por placer. Y tampoco le gustaba mostrarse como realmente era ante los demás. Por eso, lo había hecho estando sola. 

Un lago rojizo e irregular se dibujaba alrededor de la copa volcada sobre el mantel blanco. Ella miraba alternativamente la figura difusa cuyos contornos crecían lenta e inapelablemente y un punto preciso en la pared. Aún veía la fotografía que ya no estaba, pero que de tanto tiempo colgada allí, había dejado una huella geométrica alrededor del punto de pintura descascarada. La fotografía yacía ahora ahogada en un mar de cristales sobre el parqué brillante.

Ella se sentó en el sofá con la segunda copa en la mano y trató de no recordar las últimas palabras sino las primeras. Pero la marea iba y venía en su mente, subiendo, subiendo. Haciendo más estrecha la franja del entendimiento y obligándola a sumergirse en las aguas turbulentas y oscuras de los recuerdos. Los que permanecían a flote y se entremezclaban con la espuma, eran los más recientes, los más dolorosos, y aunque ella se mantuvo flotando en el enfado durante un tiempo, pronto comprendió que tenía que sumergirse y así lo hizo. Buceó alejándose del último portazo y del definitivo sonido del cristal rompiéndose. Pataleó con fuerza hasta llegar a tocar con los dedos la arena de los atardeceres dulces y las palabras acalladas con besos, de los planes trazados en el cielo estrellado, de los caminos transitados a dúo hombro contra hombro. El aire había empezado a escasear en sus pulmones y tuvo que emerger. Para encontrarse jadeante y despeinada sobre el sofá. Tiritando vientos, restregándose la sal de los ojos y el desasosiego de la piel. 

La copa de su mano había encontrado un hueco propicio entre su pecho y sus dedos, y al abrir los ojos, comprobó que la otra, la que había sido de él, permanecía tumbada sobre la mesa justo delante de la botella vacía. Desde la perspectiva que le daba la cabeza apoyada sobre el brazo del sofá, parecían dos grandes monumentos colocados estratégicamente sobre la mesa. 

Recordó con cuanto esmero había preparado esa receta que nunca iban a llegar a probar. Y con cuanta precisión había borrado él cada una de sus tontas expectativas. Debí saberlo, se dijo. Debió haber señales. Y se puso de pie de pronto, como si trajinar en la cocina fuera cosa de vida o muerte. Se golpeó el pie desnudo con la pata de la mesa ratona y masculló una palabrota que se quedó atragantada en su garganta detrás de un sollozo silencioso. Caminó descalza rumbo a la cocina y mientras echaba su magistral receta en el cubo, comprobó que algunos cristales se le habían clavado en los pies. El lago rojizo del mantel se desparramaba ahora por las baldosas y ella apenas atinó a sentarse y a poner los pies en alto sobre la mesa de la cocina. La sangre bajó inundando de rojo otro mantel. Ella atisbó sobre la mesada la segunda botella borgoña y se la acercó mientras bajaba las piernas dejando dos huellas bermellón en el suelo y hurgaba en la mesa en busca del sacacorchos. Para una vez que se emborrachaba lo haría a conciencia. Apartó a manotazos los corazones rojos que envolvían empalagosos e inútiles chocolates. Observó el par de globos con la inscripción en inglés flotando contra el techo de la cocina y deseó que rozaran la lamparilla y explotaran de una vez. Sus pies descansaban ahora en dos pantanos rojos rodeados de corazones rojos y papel de regalo a medio utilizar. Se bebió casi sin respirar la mitad de la botella y dejó la otra mitad para cuando tuviera fuerzas de acercarse al cajón de la cocina en busca de las pastillas. Su cabeza retumbó con ese último pensamiento mientras chocaba contra las baldosas rojas y aplastaba los corazones de San Valentín. 

El resto, son detalles que no tienen importancia. No vale la pena profundizar en ellos. Ya los conoceréis en las noticias de hoy. 

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