Autor: Kurrucucu Autor: Kurrucucu

Ni un sueño por cumplir

Una mañana, Carmen no aguantó más y le lanzó la temida pregunta. A bocajarro. Modesto le volvió la espalda, escondiéndose de su mirada de lechuza inquisidora, la que le escaneaba la mente y el corazón. La que había impedido, durante cuarenta años, que pudiera mentirla. Ni siquiera de pensamiento. 

― ¡Pues dónde voy a ir a las diez de la mañana! ¡Al Pasapoga, si te parece!

Voy a echarle una mano al Julián con una chapuza y estoy en casa a la hora de comer. 

― ¡Mira, Modesto, que no soy tonta! Mira Modesto que…. 

Modesto bajó las escaleras con un nudo de remordimiento apretándole en la boca del estómago. Pero seguía decidido. Posiblemente, en un par de días…

Un viento de aliento gélido había traicionado la esperanza de primavera que alegraba a los raquíticos almendros que crecían al borde de las aceras. Hacía mucho frio.

―Febrerillo el loco, Julián.

Dentro de la furgoneta, Julián le esperaba aterido, envuelto en una montaña de pellizas, bufandas y jerseys. Tenía los ojos demasiado brillantes y esa tos testaruda y bronca de fumador acatarrado que le acompañaba desde hacía más de una semana.

―Hoy no bajas de la furgoneta, Julián. Sin discusiones.

Dentro de la furgoneta, Julián le esperaba aterido, envuelto en una montaña de pellizas, bufandas y jerseys. Tenía los ojos demasiado brillantes y esa tos testaruda y bronca de fumador acatarrado que le acompañaba desde hacía más de una semana.

El viento dificultaba enormemente la recogida. Levantaba los cartones depositados sin atar y les hacía planear como si fueran naves espaciales a las que tan aficionado era Samuel, su nieto pequeño. Modesto corría tras ellos y los atrapaba como a mariposas enormes y viejas. Recorrieron los barrios del centro, las calles estrechas llenas de bares nocturnos y tiendas modernas que acumulaban embalajes cercando a las farolas, vigilando por si aparecía una lechera de los municipales o el camión de recogida de residuos. Afortunadamente, los recortes del ayuntamiento, por una vez le favorecían.

Hacia las dos, Modesto y Julián descargaron la furgoneta en la papelera y se repartieron el exiguo botín.

― ¿Cuánto te queda?― le preguntó Julián cuando le vio echar cuentas.

― Unos veinte euros.

― ¡Pues anda que no te sale caro el vino, no sabía yo que la Carmen era tan finolis!

¿Finolis su pobre Carmen? Modesto quiso sonreír y sólo consiguió dibujar una mueca de amargura en la esquina de la boca. Su Carmen se merecía la mejor botella de vino de Madrid, la más cara, la más lujosa. Aunque no supiera degustarla, aunque ni siquiera fuera capaz de apreciar su valía o soltara aquello de “Pues a mí me gusta más la sidra” que tanta burla desataba en el imbécil del yerno. Porque su sufrida, su bondadosa Carmen, con la pensión, hacía más milagros que Jesucristo con los panes y los peces. Porque daba de comer a siete personas de dos familias, la propia y la de la hija, aunque con el yerno, ya se sabe, ni agradecida ni pagada. Por eso, cuando escuchó a su Carmen suspirar y decir que se moriría sin haber sabido lo que era un buen vino y un San Valentín como el de las películas, decidió- ahí como estaba, dormitando en el sofá- dedicar todas las mañanas necesarias a sacarse unas perrillas para que el catorce de febrero, a su Carmen no le quedara un sueño por cumplir.

Aunque fuera recogiendo cartones…

Escrito por Esther Requena
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